Fotos históricas del Archivo Municipal de New York.
la máquina de dios
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2012-04-27
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2012-04-15
Dicen que el descanso liviano y entrecortado es el mejor soporte para abrirle un tajo al inconsciente. Anoche me acosté con una angustia de las que hacen que se duerma sin dormir, apenas cerrando los ojos, despertándose cada media hora a mirar el reloj que no avanza nunca.
Suelo tener sueños bastante simples. Éste, por el contrario, se le parecía a “Lost Highway” de David Lynch: escenas en primera y tercera persona, situaciones opresivas, capas y capas de interpretaciones posibles e infinitas. La dificultad está, precisamente, en lo imposible de una narración lineal de los elementos que -dentro del sueño- conforman un contexto implícito pero que son complejos de trasladar fuera de la imagen.
Iba en un auto junto a otras tres personas -jóvenes, desconocidas-. Al doblar en una curva, chocamos de frente, violentamente, con otro. La escena del choque no se manifiesta, pero sé que existe.
El sueño salta y se deforma. Leo una nota del diario donde cuenta que hubo un accidente en la ruta en el que murieron todos los ocupantes de los vehículos. Entre ellos, yo. Aparecen mi nombre y mi edad.
Deambulo por las escaleras internas de un hospital, pero no soy una paciente: estoy vestida con ropa de calle. Por alguna razón no entro a los pisos, sino que subo, bajo, me meto en recovecos de uso exclusivo del hospital.
En un momento me encuentro con mi hermana. Me muevo y hablo desde una lejanía, como en una ebriedad leve. Le pregunto a ella si es verdad que estoy muerta y no sabe -o evita- responderme. Dice que me internaron, que estoy grave, en coma, que quizá mi cuerpo esté destruido, pero percibo que no quiere darme la noticia.
(A lo largo de la noche me desperté cinco, seis veces. Cada vez era un alivio sentir que el espejo seguía estando donde siempre, el calor de la habitación, la certeza de que no había tenido un accidente mortal. Al volver a dormirme, el sueño continuaba).
Es cierto que tengo una “mirada distante”, un estado de flotación. De alguna manera, yo misma -dentro del sueño- evalúo la posibilidad de que esas conversaciones sean producto de un estado inconsciente e irreversible: la que está al límite de la muerte y ve pasar sujetos y situaciones sin poder liberarse del chaleco del sueño y el encierro dentro de sí.
¿Estoy muerta, los que dialogan conmigo también lo están y no quieren decírmelo? ¿No lo estoy aún, pero tengo un pie allí y nadie se atreve -ni yo- a admitirlo? ¿Soy una muerta que sueña que está viva?
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2012-04-09
Rainbow, por Olafur Eliasson.
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2012-03-18
Uno mismo suele suponer que no es cierto que los muertos queridos hayan sido tan maravillosos como se ven a la distancia. O que no se los llegó a conocer bien, o que la necesidad de reconstruirlos es siempre desde la anécdota, la escena, el detalle amable, y allí hay siempre una elección y una selección. Se descartan en el recuerdo los momentos mezquinos; a veces porque no los hubo, o porque parece, también, una mezquindad revivirlos, en comparación a la magnitud de la ausencia. Se olvidan, y ya.
Hace unas semanas murió mi abuela. Era, sin riesgo de exagerar, una mujer valiente y noble. Vivió en un conventillo, tuvo amigos “de la cole”, se hizo llamar Evelina porque su nombre no le gustaba, lloró de miedo cuando menstruó por primera vez, crió tres hijos, pidió fiado al almacén, vendió libros de Lenin, militó, bailó folklore, cambió el recorrido de un colectivo, se hizo amiga de un cura de barrio, tocó las puertas de una Base Naval, se decepcionó de sus dirigentes, aprendió a querer a Evita, me enseñó el humor negro, intentó transmitirme su receta de kreplaj, rompió las pelotas y la mayoría de las veces con razón.
Algunas horas por día, Verónica la ayudaba a hacer las compras, buscar los medicamentos y limpiar su casa, pero por sobre todas las cosas era su compañía. Lúcida siempre, su cuerpo y su corazón empezaban a desgastarse. Imagino esas horas como un diálogo permanente con sí misma, con Verónica, con su propia vida.
Verónica es callada, muy callada, de las que bajan la vista cuando hablan con alguien. No sé qué edad tiene; quizá un poco más de treinta. Supe que no fue al hospital a visitarla antes de su operación porque no encontró la manera de pedirlo, porque no se atrevió.
Días después del entierro, me crucé con Verónica. No esperaba que comentara nada, a excepción de las condolencias típicas. Sin embargo, con su voz apagada y tímida, me dijo que la extrañaba. “Yo era muy sumisa, y ella me decía siempre que tenía que luchar por mis principios y no dejarme pasar por encima. Ya no hago caso a todo lo que me manda mi marido. Aprendí muchas cosas que no sabía que existían”.
Me alegró escucharla, porque uno mismo suele suponer que no es cierto que los muertos queridos hayan sido tan maravillosos como se ven a la distancia. En este caso, tal vez no exista tanta disociación: definitivamente y sin riesgo de exagerar, era una mujer valiente y noble.
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2012-02-17
“Cosmic Communist Constructions”, por Fréderic Chaubin.
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2012-01-24
Sexo sin amor, por Sharon Olds
¿Cómo hacen, los que tienen sexo
sin amor? Imperturbables como bailarines,
deslizándose el uno sobre el otro, como patinadores
sobre hielo, los dedos enlazados,
uno dentro del otro, las caras
rojas como un bife o como el vino, húmedos como
bebés recién nacidos cuyas madres
piensan abandonar. ¿Cómo es que acaban
Dios cómo es que acaban
por llegar a las aguas tranquilas, sin amar
al que hizo el recorrido junto a ellos, mientras que poco a poco
subía la temperatura, y un vapor emanaba
de sus pieles? Yo creo que ellos son
los religiosos de verdad, los puristas, los profesionales,
los que se negarían a creer
en un falso Mesías, o a amar al sacerdote
en vez de al Dios. Jamás confundirían
a quien tienen al lado con la fuente de su propio placer.
Son como los mejores corredores: saben que están a solas
con el camino y sus características,
con el frío y el viento, las particularidades
del calzado, su condición cardíaca: variables, nada más,
como el otro en la cama; no su verdad, que es
el cuerpo aislado, solo en el universo,
tratando de batir su propio récord.(Traducción de Ezequiel Zaidenwerg).
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2012-01-02
Me encantan los colores de los diseños de Andy Gilmore.
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Alexey Titarenko, “City of Shadows”.
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No me cansaré de sugerir que conozcan a la High Line, aunque sea por fotos, porque es uno de los más interesantes proyectos urbanos -concretados- de los últimos años: un parque lineal en altura sobre las vías de un ferrocarril abandonado. Está bien, es en New York, pero espero que pronto exista algo similar en Buenos Aires.
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2011-12-28
Corea del Norte despide a Kim Jong-Il.







