Sexo sin amor, por Sharon Olds

¿Cómo hacen, los que tienen sexo
sin amor? Imperturbables como bailarines,
deslizándose el uno sobre el otro, como patinadores
sobre hielo, los dedos enlazados,
uno dentro del otro, las caras
rojas como un bife o como el vino, húmedos como
bebés recién nacidos cuyas madres
piensan abandonar. ¿Cómo es que acaban
Dios cómo es que acaban
por llegar a las aguas tranquilas, sin amar
al que hizo el recorrido junto a ellos, mientras que poco a poco
subía la temperatura, y un vapor emanaba
de sus pieles? Yo creo que ellos son
los religiosos de verdad, los puristas, los profesionales,
los que se negarían a creer
en un falso Mesías, o a amar al sacerdote
en vez de al Dios. Jamás confundirían
a quien tienen al lado con la fuente de su propio placer.
Son como los mejores corredores: saben que están a solas
con el camino y sus características,
con el frío y el viento, las particularidades
del calzado, su condición cardíaca: variables, nada más,
como el otro en la cama; no su verdad, que es
el cuerpo aislado, solo en el universo,
tratando de batir su propio récord.

(Traducción de Ezequiel Zaidenwerg).

No me cansaré de sugerir que conozcan a la High Line, aunque sea por fotos, porque es uno de los más interesantes proyectos urbanos -concretados- de los últimos años: un parque lineal en altura sobre las vías de un ferrocarril abandonado. Está bien, es en New York, pero espero que pronto exista algo similar en Buenos Aires. 

No me cansaré de sugerir que conozcan a la High Line, aunque sea por fotos, porque es uno de los más interesantes proyectos urbanos -concretados- de los últimos años: un parque lineal en altura sobre las vías de un ferrocarril abandonado. Está bien, es en New York, pero espero que pronto exista algo similar en Buenos Aires. 

Sobre lo confesional

Amigo lector: no se te ocurra entretejer tu vida con tu literatura. O mejor sí; padecerás lo tuyo, pero darás algo de ti mismo, que es en definitiva lo único que importa. No me interesan los autores que crean laboriosamente sus novelones de cuatrocientas páginas, en base a fichas y a una imaginación disciplinada; sólo transmiten una información vacía, triste, deprimente. Y mentirosa, bajo ese disfraz de naturalismo. Como el famoso Flaubert. Puaj.

(Mario Levrero, en La novela luminosa).